Había sido un día duro.
Trabajo, trabajo y más trabajo.
Le gustaba su trabajo, pero odiaba tener que trasladarlo a casa.
Quería tener una vida más allá de su profesión. Poder hacer lo que más le
gustaba una vez terminada su jornada laboral.
Tomarse un café bien cargado en aquella cafetería de la plaza con unos
cuantos
amigos hubiera estado bien para finiquitar el día. O ir a la biblioteca
para perderse en la inmensidad de estanterías llenas de libros por
conocer. Todo, todo, menos quedarse ahí, sin vida. Sola.
Pero, como ya venía pasando desde hacía algunos meses, años incluso, hoy tampoco había podido
ser.
Se acurrucó entre las sábanas, abrazada a su almohada.
Lo
hacía cada noche igual y día tras día había conseguido conferirle una forma
bastante similar a la de un torso humano.
Decidió no pensar.
Dejar la mente en blanco, para que esta pudiese decidir por sí misma lo que
quería meditar sin verse supeditada a ideas predeterminadas.
Cuando se quiso dar cuenta, su cuerpo procedía a desdoblarse.
Una parte de sí yacía en aquella cama y la otra, desconcertada, ascendía
lentamente hasta situarse en posición bípeda.
De forma mecánica, su mitad despierta comenzó a vestirse con las primeras
prendas que encontró.
Salió a la calle y...
Decidió realizar todas aquellas cosas que no había llevado a cabo en meses.
(
Reir. Llorar. Saltar sin impulso. Bailar. Cruzar sin mirar. Cantar a voz en
grito. Beber las aguas. Hablar largo y tendido. Arañar. Pisar la hierba húmeda descalza. Violar el tiempo .
Lamer las calles . Amar al viento )
Sin remordimientos.
Como quien hinca el diente tras días sin comer.
Con ferocidad.
" Nadie puede amar sus cadenas, aunque sean de oro puro "
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