domingo, 8 de julio de 2012

Casualidad

Ella se quedó dormida en el mismo instante en que él se despertaba.


Siempre ocurría así.
Para que nada ni nadie pudiese causarle el más mínimo daño. Para que no se encontrase nunca sola al despertar.


Ella fue acomodándose poco a poco en su regazo, encogiéndose y estirándose a tiempos alternos.


Él la miraba extasiado, pensando que nunca en su vida había observado algo tan bello.

Su rostro recogía todo el esplendor de la experiencia no experimentada, de la inocencia perdurable.
Sus facciones entretejían el aura de la felicidad no atinada.



Él sabía que podría dársela si ella aceptase.

Él soñaba con poder entregársela.



Porque se habían encontrado por casualidad.


Y él bien sabía que las casualidades no existían.


Que las casualidades se buscaban.





Y en su caso, también se encontraban.

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